Cuenta la leyenda que en una isla del oriente del reino llamado El Salvador, un grupo de pescadores se reunía todos los días, bajo el bello sol de la costa salvadoreña y se convertían en niños jugando al fútbol de playa.
Estos pescadores practicaban este deporte no porque ganaran algo de dinero, no por fama y mucho menos por patrocinios, estos hombres de la playa practicaban este deporte solamente por el gusto de jugarlo, por el gusto de demostrar entrega, garra, compromiso; llevar el cuerpo a sus límites físicos y ver que pasa. Esta actitud de jugar el juego no por el gusto del premio sino que por el gusto de jugarlo no se veia desde hace mucho tiempo en aquel reino lleno de problemas y dirigido por corruptos en todas sus instituciones democráticas. Estos hombres representaban la olvidada voluntad de todo el reino, la fuerza que sobrevive a pesar de que sus líderes solamente piensan en intereses propios, y como aves de rapiña comen la carroña de los humildes habitantes.
La leyenda prosigue en que ciertas personas con visión internacional descubrieron a estos pescadores tocando el balón, la simbiosis fue instántanea: humildad, paternidad, adolescencia, talento, coraje, amor, azul y blanco.
Los pescadores recibieron la camiseta azul y blanco y apoyados por sus nuevos padres humildes escucharon de las aventuras más allá del pacífico, de como el gran y único objetivo es elevar el nombre del reino El Salvador a las estratósfera de las posiciones mundiales, los padres fueron claros y les dijeron: eso sí, olvidense del dinero, de altos viáticos, de apoyo de primer mundo que eso no lo tendrán, solamente serán ustedes y el sacrificio de sus familias, el premio será llevar el nombre de El Salvador en el corazón y colocarlo entre los mejores del mundo, los humildes pescadores aceptaron motivados y con alegría.

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